El riego de precisión en el kiwi amarillo y verde:
Cuando los datos guían la campaña
Hay un momento, durante la temporada de riego, en el que el agricultor experimentado deja de mirar al cielo y empieza a hacerse preguntas diferentes: ¿cuánto está sufriendo la planta? ¿Realmente necesita agua ahora o puedo esperar? Son preguntas antiguas, pero hoy tienen una respuesta nueva, y proviene de la propia tierra.
La instalación que ya tienes puede volverse inteligente
El primer obstáculo mental que muchos agricultores encuentran cuando se habla de riego de precisión es la idea de tener que empezar de cero: nueva instalación, nuevas tuberías, nuevos costes. En realidad, no es así.
Los sistemas de riego de precisión disponibles actualmente están diseñados para integrarse con las instalaciones ya existentes, automatizándolas sin sustituirlas. Ya se trate de un sistema de goteo, microaspersión o aspersión, la lógica es la misma: añadir una capa de inteligencia sobre lo que ya existe. El resultado es una instalación completamente automatizada, capaz de abrir y cerrar sectores de forma autónoma basándose en datos reales y no en calendarios fijos o valoraciones empíricas.
Para quienes ya han invertido en infraestructura de riego, esta es una excelente noticia: no es necesario desechar nada.
El corazón del sistema: las sondas de potencial hídrico
El motor de decisión de este enfoque son las sondas de humedad del suelo que miden el potencial hídrico. Vale la pena comprender por qué este detalle técnico marca toda la diferencia.
Existen distintas formas de medir el agua en el suelo. La más común es la medición volumétrica, que indica cuánta agua hay en un determinado volumen de tierra. Sin embargo, lo que realmente importa para la planta no es cuánta agua hay, sino cuánta energía debe emplear para absorberla. El potencial hídrico mide precisamente esto: la tensión con la que el agua es retenida por las partículas del suelo, expresada en bares o centibares.
Cuando el potencial hídrico desciende por debajo de determinados umbrales —distintos para cada cultivo y fase fenológica— la planta comienza a sufrir estrés hídrico. La sonda lo detecta antes de que los síntomas sean visibles. Esa es la diferencia entre actuar de forma preventiva o tener que reaccionar cuando el problema ya está presente.
En un sistema basado en datos y en este principio, el riego no se activa porque “es lunes” o porque “no ha llovido en tres días”; se activa porque el suelo ha alcanzado un umbral crítico y se detiene cuando el perfil del suelo vuelve a los valores óptimos.
Un caso real: kiwi amarillo Jintao y kiwi verde Dulcis y Hayward en 8 sectores
Explotación Agrícola Musco Giandomenico, en la llanura italiana de Gioia Tauro (RC)
Para entender cómo funciona esto en la práctica, tomemos un caso real: una plantación de kiwi amarillo variedad Jintao y kiwi verde Dulcis y Hayward gestionada en 8 sectores independientes.
El kiwi es un cultivo muy exigente en cuanto al agua: teme tanto la sequía como el encharcamiento, y responde negativamente incluso a episodios breves de estrés durante la fase de engorde del fruto. La variedad Jintao, en particular, es apreciada por la calidad de su producción final, pero esa calidad también depende de una gestión del agua cuidadosa y constante.
Junio y julio: la fase más crítica para el kiwi amarillo
Entre junio y julio, el kiwi atraviesa la fase de rápido crecimiento celular del fruto: es el momento en el que se determina definitivamente su calibre final y se sientan las bases para la acumulación de materia seca y azúcares. Cualquier estrés hídrico o nutricional durante este período tiene consecuencias directas e irreversibles sobre la calidad de la cosecha. No basta con intervenir “cuando se ve”; para entonces, el daño ya está hecho.
Necesidades hídricas: grandes volúmenes y continuidad absoluta. En pleno verano, el kiwi puede requerir entre 5 y 8 mm de agua al día, dependiendo de la temperatura, la evapotranspiración de referencia (ET₀) y la cobertura foliar. La continuidad es más importante que el volumen: períodos cortos de escasez de agua —incluso de solo 48 a 72 horas— son suficientes para desencadenar un estrés que provoca la detención del crecimiento, caída prematura de frutos y reducción del calibre. El potencial hídrico del suelo debe mantenerse dentro de una ventana óptima, generalmente entre −10 y −25 centibares según la textura del suelo, y las sondas son la única herramienta capaz de garantizar este control en tiempo real.
El estrés por exceso de agua: el riesgo opuesto. Si la falta de agua es el riesgo más evidente, el exceso de agua representa un peligro igualmente real y, a menudo, infravalorado. El kiwi es especialmente sensible al encharcamiento: sus raíces necesitan oxígeno y un suelo saturado durante más de 24–48 horas provoca asfixia radicular, con consecuencias rápidas y difíciles de revertir. Los síntomas son similares a los de la sequía —hojas marchitas y frutos que no crecen— lo que dificulta el diagnóstico sin datos objetivos.
Durante el verano, con altas temperaturas y riegos frecuentes, el riesgo de exceso hídrico se concentra especialmente en suelos de textura fina o con drenaje deficiente, aunque también puede darse en suelos más ligeros tras lluvias repentinas que se suman a los aportes de riego. Las consecuencias agronómicas son numerosas: reducción de la absorción de nutrientes (especialmente hierro, manganeso y boro), mayor incidencia de podredumbres radiculares causadas por Phytophthora y, en los casos más graves, necrosis radicular con deterioro progresivo de la planta.
Desde el punto de vista productivo, un exceso prolongado de agua durante la fase de crecimiento da lugar a frutos más grandes pero acuosos, con menor contenido de azúcares y menor capacidad de conservación postcosecha. También en este caso, el potencial hídrico del suelo es la herramienta decisiva: un valor que regresa demasiado rápido hacia cero después de un riego indica un suelo que se satura con facilidad y permite ajustar volúmenes y frecuencias antes de que el problema sea visible. Regar por volumen o mediante calendarios fijos, sin conocer el estado real del suelo, expone al cultivo tanto a la escasez como al exceso de agua, a menudo dentro de la misma campaña.
Fertiirrigación: menos nitrógeno, más potasio. Desde el punto de vista nutricional, junio y julio marcan un cambio de fase importante. El aporte de nitrógeno típico de la primavera —necesario para sostener el crecimiento vegetativo— debe reducirse progresivamente para evitar brotaciones tardías que compitan con los frutos y puedan comprometer la lignificación de los sarmientos. Por el contrario, el potasio se convierte en el elemento clave: favorece la acumulación de azúcares, mejora la consistencia de la pulpa y aumenta la resistencia frente al estrés térmico e hídrico. Un programa de fertiirrigación bien ajustado durante este período incluye aportes crecientes de potasio (generalmente en forma de sulfato o nitrato potásico), dosis reducidas de nitrógeno y una cantidad equilibrada de calcio para reforzar la estructura celular del fruto y prevenir fisiopatías.
Crecimiento del fruto: qué sucede en su interior. Durante esta fase, el fruto crece principalmente por expansión celular: las células ya formadas se llenan de agua y nutrientes, aumentando de volumen. Por ello, una disponibilidad constante de agua es una necesidad estructural y no una opción. Paralelamente, comienza la acumulación de almidón —que durante la maduración se transformará en azúcares— y se define el contenido de vitamina C, una de las características distintivas del kiwi amarillo. Un aporte nutricional desequilibrado o una gestión irregular del agua durante este periodo no pueden corregirse en las semanas posteriores: un fruto que llega a julio en condiciones deficientes mantendrá esas carencias hasta la cosecha.
Es precisamente en esta ventana cuando un sistema basado en el potencial hídrico demuestra su máximo valor: no espera a que la planta muestre síntomas de sufrimiento, sino que anticipa el momento crítico e interviene con precisión, día tras día y sector por sector.
Lo que descubrió el agricultor (Giandomenico Musco)
La transición de una gestión tradicional a una gestión basada en datos produjo resultados concretos y medibles, pero también algo menos cuantificable y muy importante para quien trabaja la tierra.
Más tiempo disponible. Cuando la instalación se gestiona sola, basándose en datos fiables, se liberan horas que antes se dedicaban a supervisión constante, recorridos de control y decisiones diarias. Ese tiempo puede destinarse a otras actividades de la explotación o simplemente recuperarse.
Menos riegos innecesarios. ¿Cuántas veces se riega “por si acaso”, sin saber realmente si el suelo lo necesita? Con el potencial hídrico bajo control, esa pregunta tiene una respuesta precisa. El resultado es una reducción significativa del número de riegos, con un ahorro directo en agua y energía.
Plantas equilibradas y sin estrés. Quizás el resultado más importante: las plantas se mantienen saludables. No sufren picos de estrés hídrico entre riegos, ni excesos ni carencias de agua. Crecen de forma continua, acumulan materia seca y desarrollan los frutos de manera homogénea. Es algo que se aprecia claramente al final de la temporada, tanto en el rendimiento como en la calidad de la cosecha.
Frutos de mayor calibre. Actualmente, el 70 % de la plantación presenta calibres muy elevados. El peso medio actual proporciona un indicador clave que permite anticipar con gran precisión el perfil de los frutos en el momento de la recolección.
Cómo funciona el ecosistema
Recoger datos es solo el primer paso; el verdadero valor está en transformarlos en acciones automáticas sobre el terreno. Aquí es donde entra en juego la integración tecnológica entre la plataforma agronómica de IFarming y el sistema de telegestión SAMCLA Infinite (Grupo IREX-Irrigation Exccellence).
- El cerebro (IFarming): Las sondas miden el potencial hídrico del suelo. Los algoritmos procesan los datos en tiempo real y generan la recomendación óptima de riego (“riega ahora la zona X durante Y minutos”), basándose en las necesidades reales de la planta y no en rutinas preestablecidas.
- Las manos (SAMCLA Infinite): La plataforma se comunica mediante API con los programadores y las electroválvulas instaladas en el campo, activando y cerrando sectores de forma completamente autónoma. El sistema de radiofrecuencia garantiza la continuidad operativa al 100 %, incluso en zonas montañosas o con escasa cobertura de internet.
La instalación que ya tienes es suficiente
El riego de precisión no es simplemente una actualización tecnológica: es un cambio de perspectiva. Se pasa de regar por rutina a regar según las necesidades reales. Se dejan de hacer preguntas al cielo y se empieza a escuchar al suelo.
Para quienes trabajan con cultivos de alto valor como el kiwi amarillo, donde la calidad final depende de cada decisión tomada durante la campaña, disponer de datos fiables en tiempo real no es un lujo, sino una herramienta de trabajo.
El primer freno mental para un agricultor suele ser el miedo a tener que rehacer toda la instalación. No es así. Esta tecnología está diseñada para añadir una capa de inteligencia sobre la infraestructura existente —ya sea de goteo o microaspersión— optimizando las inversiones realizadas, reduciendo los costes energéticos y liberando tiempo valioso para la gestión de la explotación.









